23 de febrero de 2012

Circula por las redes sociales una carta de un señor que cuenta cómo toda su vida se ha esforzado por conseguir lo que quería, sin despilfarros ni ansias desmesuradas y que, por lo que a él respecta, los presidentes de los gobiernos pueden ir a pedirles un nuevo esfuerzo a otros. Pensaba en ello estos días, y mucho más tras saltar a los medios ayer la noticia de la posibilidad de que las familias que tengan a todos sus miembros en el paro (todos incluirá a la familia extensa, a la política y a la futurible, supongo) y que carezcan de ingresos (lo cual viene siendo de una lógica aplastante), podrán, en caso de no poder pagar su hipoteca, recurrir a la dación. Casa a cambio de deuda, y de cabeza al puente más cercano (eso sí, con la cabeza bien alta).

La cosa es que en un principio, es decir, por la mañana, que las noticias hoy en día son de corto recorrido, parecía que la idea era estupenda. Pero conforme transcurría la jornada se dijo que bueno, que eso no iba a ser una ley así de esas que obligan, sino un “código de buenas prácticas”, pero para nada obligatorio. Serán los bancos los que deciden si aceptan o no y, por supuesto, con suculentas bonificaciones para quienes adopten tan generosa medida.

La cosa es que, y aquí viene la relación con la carta del señor que se niega a esforzarse más, nos piden esfuerzo a todos y cada uno de los pequeños mortales que más o menos sobrevivimos día a día, que no entendemos de Íbex 35, especulaciones, bonos basura y demases, y en consecuencia nos estrujan hasta dejarnos vacíos. Pero cuando llega el momento de pedir un esfuerzo mínimo y lógico a los bancos, grandes causantes de esta situación, todo queda en un “código de buenas prácticas” recomendado, pelotero y que, por supuesto, quedará en agua de borrajas.

Como siempre, se ríen en nuestra cara.

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22 de mayo de 2011

Por fin los españoles hemos salido a la calle, reaccionando ante tanta caradura. Lo que parecía que nunca iba a llegar porque en España sólo hay “ni-nis”, botelloneros, perro-flautas y gente que sólo va a lo suyo, ha pasado: La juventud española ha demostrado que es capaz de convocar masas, de moverse y de reaccionar ante lo que consideran abusos.

Ahora bien, en medio de esta euforia colectiva, creo que es necesario también hacer un poco de autocrítica. Sin, por supuesto, quitar su (enorme) parte de culpa a quienes la tienen, creo que como “pueblo” también tendríamos que examinarnos y ver si nosotros estamos cumpliendo con aquello que exigimos. Y no hablo de echar horas de más mal pagadas, de aceptar trabajos basura ni de aguantar lo que nos echen. Hablo de algo más profundo. Hablo de ver si la honestidad, honradez e integridad que exigimos a otros es nuestra bandera en el día a día, en lo pequeño y en lo grande. Porque si nosotros le buscamos las mil vueltas al sistema para sacarle hasta el último céntimo evitando todo lo que podamos pagar los impuestos; si preferimos echar tres horas más, incluso aunque sean mal pagadas, impidiendo así la contratación de otros; si vamos a lo nuestro, trabajando lo mínimo, aprovechándonos lo máximo, sin compartir con nadie y desarrollando hasta unos niveles de absoluta maestría el sublime arte del pillo, el trepa, el aprovechado, el ladronzuelo y demás, tenemos los políticos que nos merecemos. Ni más, ni menos.

Acusar a los demás de algo que nosotros mismos hacemos constantemente (en menor medida porque nuestras circunstancias no dan para más) no soluciona el problema. Porque con la misma ley con la que juzguemos seremos juzgados. Así que, sin quitarle el mérito a este movimiento que tanta falta hacía, examinémonos con lupa también a nosotros mismos para que el cambio que tanto ansiamos esté basado sobre algo verdaderamente sólido.

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11 de mayo de 2011

Elecciones en unos días. Las calles inundadas de carteles con mensajes que, más o menos, vienen a decir todos lo mismo: estamos contigo, o por ti; tú eres importante, juntos podemos, y chorradas por el estilo. Se me pone la sangre cercana al punto de ebullición cuando los veo. Porque no lo entiendo: los políticos y poderosos pasan del pueblo/electorado/votantes durante tres años, once meses y dos semanas. Pasan tanto que ninguna queja de ningún tipo les afecta lo más mínimo: ni manifestaciones, ni huelgas, ni preguntas sobre diferencias entre sueldos con las que se les tendría que caer la cara de vergüenza, ni los millones de gente sin trabajo, sin casa, sin perspectivas de futuro… Ellos están a lo suyo, es decir, a llenarse los bolsillos a costa de los míos, a estafar todo lo que puedan y a sacar la tajada más grande, eso sí, siempre echándole la culpa a los demás y nunca, jamás de los jamases, admitiendo errores propios, dimitiendo o recortándose privilegios.

Y ahora, de repente, se abre la veda. Y, por supuesto, nuestros votos son la presa. Y entonces sí. Entonces sí que prometen, hablan de “nosotros”, de “juntos” y de paz y amor universales, dorándonos la píldora como si fuéramos subnormales. Como si durante estos tres años, once meses y dos semanas les hubiéramos importado algo. Como si realmente persiguieran nuestro beneficio y no el suyo. Como si hubieran usado o fueran a usar el poder para algo más que lanzarse dimes y diretes unos a otros, llenarse los bolsillos y reírse de todos. Hasta las próximas elecciones.

Yo lo tengo claro: si ellos pasan, yo paso. Que vayan a burlarse de las miserias de otro.

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02 de mayo de 2011

Esta mañana me he levantado con la noticia de la muerte-asesinato-ajusticiamiento de Osama ben Laden. Como muchos, me he lanzado en seguida a leer unos cuantos periódicos digitales para conocer todo lo posible acerca del suceso, que probablemente marque un antes y un después en la trayectoria de este vapuleado mundo, como ya hizo en su día el 11-S y todo lo que le siguió. Cuando me he cansado de periódicos me he pasado a la radio, que me permite hacer otras cosas a la vez. En esas estaba, escuchando una cadena importante a nivel nacional darle vueltas y vueltas a la noticia que tiene al mundo pendiente de los informativos, cuando ha llegado el momento de que la emisora diera paso a las conexiones territoriales. En mi caso, las noticias de Andalucía.

Y Andalucía, como siempre, no defrauda. Ni siquiera en sus informaciones en horario central, cadena principal y con suceso importante para el curso de, digamos, la Historia, más, por supuesto, los cientos de temas que preocupan verdaderamente al ciudadano de a pie (cinco millones de parados, tasas del cincuenta por ciento de paro juvenil en Andalucía, falta de perspectivas, desencanto con los políticos, etc.).¿Que de qué han empezado a hablar los periodistas y locutores encargados de ponernos al día? Pues principalmente de tres cosas, fundamentales ellas tres para el devenir histórico del mundo, del país y de la Comunidad.

1. De la feria de Abril de Sevilla, que este año cae en mayo (fíjate tú qué ironía más fina) y de si se podrán colocar o no esta noche los farolillos del ferial.
2. Del día de la Cruz en Córdoba, que este año se ha alargado unas horas para que los comerciantes hagan caja y de las delicias totalmente innovadoras que se sirven en los chiringuitos (flamenquines, salmorejo, pescaíto frito).
3. Del día de la Cruz de Granada, que empieza mañana. De las previsiones del tiempo y de las previsiones de afluencia turística a tan especial evento.

Así nos va.

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02 de diciembre de 2010

Con esta entrada probablemente me granjee alguna antipatía. Pero como ya he dicho en otras ocasiones, es mi blog y en él opino lo que quiero.

He vuelto para hablar, cómo no, de los controladores aéreos. Porque me parece totalmente admirable lo que han hecho. Sí. Admirable en un país con una tasa de paro increíblemente alta; un país donde encontrar un trabajo fijo se ha convertido en una utopía y donde nos hemos acostumbrado a tragar con sueldos míseros, contratos basura, horas extras no pagadas, y un sinfín de situaciones más por el estilo; en un país en el que los médicos no pueden dedicarle más de cinco minutos a cada paciente, donde la educación es lo último en lo que se invierte, donde tener un título universitario no sirve para nada; un país donde se premia a los banqueros y especuladores y se les quita el pan a los parados y desesperados; en un país donde es más importante legislar acera del orden de los apellidos que acerca de las condiciones laborales; en un país, en definitiva, en el que nadie está contento y en el que todo el mundo se queja, pero, qué curioso, en el que nadie hace absolutamente nada (miren el éxito de huelgas generales, de funcionarios o de lo que sea). Los admiro porque en este país que acabo de describir y que todo el mundo conoce existe un colectivo que es capaz de unirse, de ponerse de acuerdo, de actuar en bloque, de plantar cara al gobierno, de defender lo que consideran sus derechos (no entro aquí a cuestionar si son legítimos o no) y de exigir que se les escuche. Realmente admirable y envidiable.

Imaginen por un momento que todos los españoles que se sienten estafados por mercados, bancos, economías mundiales, planes de salvamento y demás terminología que solo sirve para liarnos más y que al final nos digan que somos nosotros lo que tenemos que pagar, imaginen, digo, que todas esas personas hartas y decepcionadas, en lugar de quejarse, se unen, se ponen de acuerdo, y le plantan cara al gobierno y a la situación y exigen unos derechos que, esta vez, sí que son indudablemente legítimos.

Imaginen.

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08 de junio de 2010

Estoy harta del pensamiento políticamente correcto. De la libertad que termina en cuanto tu opinión no casa con la corrección política. De que haya que definirse por una tendencia política y que sea ésta la que marque qué debes pensar con respecto a todo. Y de que, si difieres mínimamente en alguno de esos puntos, se te mire como un traidor fascista o un traidor rojo.

Me cansa que, si opinas favorablemente sobre X tema, tu interlocutor dé por hecho que entonces sabe qué opinas del resto de temas “oficiales”. Me molesta que esa libertad de expresión, de ideología, de creencias que tantas bocas llena no sea más que una falacia en cuanto se tocan los temas candentes, verdaderos baluartes ideológicos de los partidos políticos. Me asquea que los programas políticos se hagan por opuestos y que tomen como argumentos que los definan la defensa o ataque de temas que, en realidad, deberían ser defendidos o atacados por cada uno de los ciudadanos después de un cuidadoso estudio, de un análisis concienzudo, y no dejándose llevar por la opinión mayoritaria, o siguiendo el credo del partido sin pararse a analizarlo, o por haber hecho caso a la magnífica objetividad informativa de los medios.

Pero sobre todo me puede que los ciudadanos de a pie, ésos que se supone que tienen el poder de cambiar las cosas con sus votos (qué risa), sean los primeros en alimentar esta absurda situación, entrando en el juego para defender con todo ahínco ideas que ni siquiera son suyas, pensamientos que no son más que basura política, defendiendo falsas verdades que, por supuesto, los mantendrán bien ocupados y entretenidos, impidiéndoles, por un lado, ser capaces de elaborar sus propias opiniones (qué peligroso sería eso) y, por otro, darse cuenta de hasta qué punto son marionetas de usar y tirar del sistema.

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10 de mayo de 2010

El otro día estaba con unos amigos y una de ellas nos contó que había oído en las noticias suizas que en el CERN había habido un escape (o como quiera que se llame a lo que pueda pasar allí). Uno de los que estaba con nosotros dijo, medio en broma medio en serio, que es que en Europa estábamos tontos, que el CERN, en vez de haberlo construido en el corazón de Europa, tendría que estar en cualquier país perdido de África o similar. Así, de producirse un accidente, los europeos estaríamos a salvo.

Me he acordado de esto porque he leído en uno de los suplementos dominicales que se ha elegido la Isla de Palaos, en las Filipinas, como lugar en el que llevar a cabo un experimento para aprovechar la energía solar. Se hace allí, dicen, porque como sólo viven unas veinte mil personas en esa isla, se puede empezar a pequeña escala. Y, claro, por supuesto, todos están de acuerdo en que esa, y sólo esa, es la razón por la que un proyecto experimental cuyo objetivo es enviar microondas desde el espacio a la Tierra, se lleve a cabo en una isla perdida en el Pacífico. Y supongo que a los habitantes de la isla les habrán dicho que su calidad de vida va a mejorar sensiblemente y a los gobernadores les habrán untado a base de dinero y, encima, venderán el experimento como un proyecto humanitario.

Y si pasa algo, que pase allí. Con suerte, los periódicos le dedicarán una línea y punto. Y, mientras, en Europa seguiremos como si nada, disfrutando de mil y un avances de todo tipo que a saber dónde y a costa de quien se han conseguido. Pero, ya se sabe, los derechos humanos son sólo para quienes puedan pagarlos.

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10 de mayo de 2010

La dirección general de policía y la Guardia Civil, que dependen del Ministerio del Interior, recomiendan a los agentes una serie de medidas para reducir gastos, que para eso estamos en crisis.

Y es que, claro, es preferible y entra dentro de toda lógica pedirle a los guardias que dejen de hacer controles de alcoholemia a diestro y a siniestro y se centren en los que van dando tumbos antes que bajarle siquiera un poquito los sueldos a los diputados. Ya se sabe que los señores políticos salvan vidas mientras que los controles estos son un poco inútiles y, sobre todo, carísimos.

Por supuesto, también es de sentido común que los señores que patrullan las carreteras dejen de ir luciendo cuatro por cuatro y se conformen con unos prácticos turismos, que gastan menos. Claro que diputados, ministros y demás chusma política no deben, ni por asomo, renunciar a sus flamantes y carísimos coches oficiales, con chófer incluido, cuando no directamente a helicópteros o aviones personales. Y es que un guardia civil, todo el mundo lo sabe, lo único que hace es pasearse por las carreteras haciendo turismo nacional, gastando gasolina inútilmente y vacilando de cochazo. Nada que ver con los políticos entregados, consagrados a la nación, que arriesgan diariamente sus vidas en pro de los españoles en sus idas y venidas del congreso y al parlamento.

Y, por favor, que en vez de tanta llamadita por teléfono a los compañeros contándose naderías, mejor opten por un sencillo y económico mensajito, breve, conciso y efectivo, que en esta profesión los detalles no son importantes. Así ahorraremos para poder pagarle a los miembros del gobierno y a sus acólitos sus viajes al extranjero para reunirse con otros cantamañanas como ellos, que sí que necesitan tiempo y espacio para solucionar el mundo.

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08 de marzo de 2010

En la cosmovisión hebrea, los nombres son importantes. Hasta tal punto que lo que no se nombra, directamente no existe (recordad, por ejemplo, en el libro de Génesis, como Dios crea con la palabra, nombrando). Pues bien, estoy a punto de pensar que esa forma de entender el mundo no es sólo propia de los hebreos, sino también de los españoles.

Veo las noticias, y no dejan de hablar de catástrofes naturales por doquier: lluvias que anegan pueblos y hacen caer montañas, nieve como no se había visto en décadas, o fuertes terremotos, a razón casi de uno al mes. Y esto, porque nos lo cuentan, pero imaginemos todo aquello que no aparece en periódicos ni telediarios: desaparición de bosques y de especies animales; subida del nivel del mar; destrucción de ecosistemas… La agonía del mundo.

Pero está claro que lo que no se nombra, no es. Si no se habla de todas las desgracias que diariamente acontecen en el mundo (y no me refiero sólo a los desastres naturales), directamente no existen. Podemos dormir en paz. Pero, además, si no nos preguntamos el porqué de las desdichas que sí se nombran, estamos en las mismas. La conciencia se queda tranquila porque, si llueve más de la cuenta, y nos quedamos sólo en el hecho sin más, sin buscar las causas y, no sé si peor aún, sin prever las consecuencias, nadie es responsable. Es así, y punto, y no hay nada que se pueda hacer. O más bien, no queremos saber si hay algo que se pueda hacer porque no nos gusta que molesten nuestra aturdida conciencia. Nadie es más feliz que el ignorante.

Pero la realidad es que, aunque algo no se nombre, existe. Tiene un origen y tendrá unas consecuencias. Y, probablemente, para cuando queramos nombrarlo, sea demasiado tarde.

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21 de enero de 2010

Es difícil escribir sobre Haití desde la comodidad de la lejanía. Por eso, lo que voy a escribir ahora lo digo con plena conciencia de que para muchos no lleve razón y de que no tengo ninguna autoridad para hablar del tema. Pero esto es un blog donde escribo opiniones subjetivas. Tras esa cortina me escudo.

Quiero hablar de dos cosas. Una, lo terrible que me parece que un pasaporte pueda decidir tu vida o tu muerte. No es nada nuevo, lleva ocurriendo mucho tiempo, pero no deja de resultar espeluznante que vivamos en un mundo en el que un papel te dé la opción de montarte en una avión y dejar atrás la muerte, la destrucción y a millones de personas que tendrán que enfrentarse a ella porque su pasaporte no es español, francés o americano… No nos importan las personas en sí, sino los papeles que tengan.

La segunda, es que EEUU está inundando Haití de mensajes en los que advierte a la población de que ni se les ocurra emigrar a USA, ni pedir asilo ni protección, porque no lo van a obtener. En caso de cruzar la frontera, serán deportados a la base de Guantánamo. Una vez más, no quiero criticar a un país en concreto, sino al mundo en general. Es horrible pensar que, por mucho que hablemos de solidaridad con las víctimas y los pobres, ésta se acaba en cuando nos tocan la frontera. Esto vale tanto para Haití y EEUU como para las pateras que llegan a nuestras costas.

La deshumanización nos rodea. Hemos reducido a nuestro prójimo a una cifra, un pasaporte, quitándole cualquier derecho que desestabilice nuestro sistema. Un sistema en el que lo que menos importa son los seres humanos. Entiendo que el mundo en el que vivimos funciona así, pero eso no es una excusa válida.

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