Circula por las redes sociales una carta de un señor que cuenta cómo toda su vida se ha esforzado por conseguir lo que quería, sin despilfarros ni ansias desmesuradas y que, por lo que a él respecta, los presidentes de los gobiernos pueden ir a pedirles un nuevo esfuerzo a otros. Pensaba en ello estos días, y mucho más tras saltar a los medios ayer la noticia de la posibilidad de que las familias que tengan a todos sus miembros en el paro (todos incluirá a la familia extensa, a la política y a la futurible, supongo) y que carezcan de ingresos (lo cual viene siendo de una lógica aplastante), podrán, en caso de no poder pagar su hipoteca, recurrir a la dación. Casa a cambio de deuda, y de cabeza al puente más cercano (eso sí, con la cabeza bien alta).
La cosa es que en un principio, es decir, por la mañana, que las noticias hoy en día son de corto recorrido, parecía que la idea era estupenda. Pero conforme transcurría la jornada se dijo que bueno, que eso no iba a ser una ley así de esas que obligan, sino un “código de buenas prácticas”, pero para nada obligatorio. Serán los bancos los que deciden si aceptan o no y, por supuesto, con suculentas bonificaciones para quienes adopten tan generosa medida.
La cosa es que, y aquí viene la relación con la carta del señor que se niega a esforzarse más, nos piden esfuerzo a todos y cada uno de los pequeños mortales que más o menos sobrevivimos día a día, que no entendemos de Íbex 35, especulaciones, bonos basura y demases, y en consecuencia nos estrujan hasta dejarnos vacíos. Pero cuando llega el momento de pedir un esfuerzo mínimo y lógico a los bancos, grandes causantes de esta situación, todo queda en un “código de buenas prácticas” recomendado, pelotero y que, por supuesto, quedará en agua de borrajas.
Como siempre, se ríen en nuestra cara.


Ahora bien, en medio de esta euforia colectiva, creo que es necesario también hacer un poco de autocrítica. Sin, por supuesto, quitar su (enorme) parte de culpa a quienes la tienen, creo que como “pueblo” también tendríamos que examinarnos y ver si nosotros estamos cumpliendo con aquello que exigimos. Y no hablo de echar horas de más mal pagadas, de aceptar trabajos basura ni de aguantar lo que nos echen. Hablo de algo más profundo. Hablo de ver si la honestidad, honradez e integridad que exigimos a otros es nuestra bandera en el día a día, en lo pequeño y en lo grande. Porque si nosotros le buscamos las mil vueltas al sistema para sacarle hasta el último céntimo evitando todo lo que podamos pagar los impuestos; si preferimos echar tres horas más, incluso aunque sean mal pagadas, impidiendo así la contratación de otros; si vamos a lo nuestro, trabajando lo mínimo, aprovechándonos lo máximo, sin compartir con nadie y desarrollando hasta unos niveles de absoluta maestría el sublime arte del pillo, el trepa, el aprovechado, el ladronzuelo y demás, tenemos los políticos que nos merecemos. Ni más, ni menos.
Y ahora, de repente, se abre la veda. Y, por supuesto, nuestros votos son la presa. Y entonces sí. Entonces sí que prometen, hablan de “nosotros”, de “juntos” y de paz y amor universales, dorándonos la píldora como si fuéramos subnormales. Como si durante estos tres años, once meses y dos semanas les hubiéramos importado algo. Como si realmente persiguieran nuestro beneficio y no el suyo. Como si hubieran usado o fueran a usar el poder para algo más que lanzarse dimes y diretes unos a otros, llenarse los bolsillos y reírse de todos. Hasta las próximas elecciones.
Y Andalucía, como siempre, no defrauda. Ni siquiera en sus informaciones en horario central, cadena principal y con suceso importante para el curso de, digamos, la Historia, más, por supuesto, los cientos de temas que preocupan verdaderamente al ciudadano de a pie (cinco millones de parados, tasas del cincuenta por ciento de paro juvenil en Andalucía, falta de perspectivas, desencanto con los políticos, etc.).¿Que de qué han empezado a hablar los periodistas y locutores encargados de ponernos al día? Pues principalmente de tres cosas, fundamentales ellas tres para el devenir histórico del mundo, del país y de la Comunidad.
He vuelto para hablar, cómo no, de los controladores aéreos. Porque me parece totalmente admirable lo que han hecho. Sí. Admirable en un país con una tasa de paro increíblemente alta; un país donde encontrar un trabajo fijo se ha convertido en una utopía y donde nos hemos acostumbrado a tragar con sueldos míseros, contratos basura, horas extras no pagadas, y un sinfín de situaciones más por el estilo; en un país en el que los médicos no pueden dedicarle más de cinco minutos a cada paciente, donde la educación es lo último en lo que se invierte, donde tener un título universitario no sirve para nada; un país donde se premia a los banqueros y especuladores y se les quita el pan a los parados y desesperados; en un país donde es más importante legislar acera del orden de los apellidos que acerca de las condiciones laborales; en un país, en definitiva, en el que nadie está contento y en el que todo el mundo se queja, pero, qué curioso, en el que nadie hace absolutamente nada (miren el éxito de huelgas generales, de funcionarios o de lo que sea). Los admiro porque en este país que acabo de describir y que todo el mundo conoce existe un colectivo que es capaz de unirse, de ponerse de acuerdo, de actuar en bloque, de plantar cara al gobierno, de defender lo que consideran sus derechos (no entro aquí a cuestionar si son legítimos o no) y de exigir que se les escuche. Realmente admirable y envidiable.
Me cansa que, si opinas favorablemente sobre X tema, tu interlocutor dé por hecho que entonces sabe qué opinas del resto de temas “oficiales”. Me molesta que esa libertad de expresión, de ideología, de creencias que tantas bocas llena no sea más que una falacia en cuanto se tocan los temas candentes, verdaderos baluartes ideológicos de los partidos políticos. Me asquea que los programas políticos se hagan por opuestos y que tomen como argumentos que los definan la defensa o ataque de temas que, en realidad, deberían ser defendidos o atacados por cada uno de los ciudadanos después de un cuidadoso estudio, de un análisis concienzudo, y no dejándose llevar por la opinión mayoritaria, o siguiendo el credo del partido sin pararse a analizarlo, o por haber hecho caso a la magnífica objetividad informativa de los medios.
Pero sobre todo me puede que los ciudadanos de a pie, ésos que se supone que tienen el poder de cambiar las cosas con sus votos (qué risa), sean los primeros en alimentar esta absurda situación, entrando en el juego para defender con todo ahínco ideas que ni siquiera son suyas, pensamientos que no son más que basura política, defendiendo falsas verdades que, por supuesto, los mantendrán bien ocupados y entretenidos, impidiéndoles, por un lado, ser capaces de elaborar sus propias opiniones (qué peligroso sería eso) y, por otro, darse cuenta de hasta qué punto son marionetas de usar y tirar del sistema.
El otro día estaba con unos amigos y una de ellas nos contó que había oído en las noticias suizas que en el CERN había habido un escape (o como quiera que se llame a lo que pueda pasar allí). Uno de los que estaba con nosotros dijo, medio en broma medio en serio, que es que en Europa estábamos tontos, que el CERN, en vez de haberlo construido en el corazón de Europa, tendría que estar en cualquier país perdido de África o similar. Así, de producirse un accidente, los europeos estaríamos a salvo.
La dirección general de policía y la Guardia Civil, que dependen del Ministerio del Interior, recomiendan a los agentes una serie de medidas para reducir gastos, que para eso estamos en crisis.
Pero está claro que lo que no se nombra, no es. Si no se habla de todas las desgracias que diariamente acontecen en el mundo (y no me refiero sólo a los desastres naturales), directamente no existen. Podemos dormir en paz. Pero, además, si no nos preguntamos el porqué de las desdichas que sí se nombran, estamos en las mismas. La conciencia se queda tranquila porque, si llueve más de la cuenta, y nos quedamos sólo en el hecho sin más, sin buscar las causas y, no sé si peor aún, sin prever las consecuencias, nadie es responsable. Es así, y punto, y no hay nada que se pueda hacer. O más bien, no queremos saber si hay algo que se pueda hacer porque no nos gusta que molesten nuestra aturdida conciencia. Nadie es más feliz que el ignorante.
Quiero hablar de dos cosas. Una, lo terrible que me parece que un pasaporte pueda decidir tu vida o tu muerte. No es nada nuevo, lleva ocurriendo mucho tiempo, pero no deja de resultar espeluznante que vivamos en un mundo en el que un papel te dé la opción de montarte en una avión y dejar atrás la muerte, la destrucción y a millones de personas que tendrán que enfrentarse a ella porque su pasaporte no es español, francés o americano… No nos importan las personas en sí, sino los papeles que tengan.